El manuscrito sobre el piano

Monday, 19 March, 2018   10am - 11am

Los trabajos de Mendelez cayeron en desgracia el mismo dia que ingresó en el manicomio, su biblioteca fué expoliada por traperos, su casa robada y esquilmada en subasta pública, y sus

objetos personales de escaso valor objetivo apilados en un vertedero de basuras.

Luis Mendelez era Portugués, de haberse apellidado Williamson o algun otro extrambotismo quizás su vida habría sido tratada con más vehemencia y al menos tomada en cuenta. Solo un pequeño cuaderno, especie de boceto de pruebas en un diario marginal llegó a mis manos diez años después de su muerte.

Trabajaba en la tesis de una amiga mia sobre la validez psicológica de la escala de semitonos en el piano en las personas con severas alteraciones de conducta e inadaptación, casualmente un dia que charlábamos en un paseo y pretendíamos distraernos de todas las preocupaciones que sus locas ideas nos estaba aportando terminamos casi por broma en una tienda de libros antiguos, Suzan dijo con una expresión de broma severa en las narices del librero:

-A ver, cualquier libro y cualquier tema dice usted?.

-Sí.

Respondió sin pestañear el anciano librero con un aspecto de judio teatral de Moliere.

-Bien, que tiene sobre la influencia de las notas del piano en las terapias de conducta?.

Quince minutos después aquel tipejo encorvado nos trajo un raro manuscrito con la firma auténtica de Mendelez, un raro e inédito tesoro del que toda la profesión hablaba como un mito o una leyenda pero que se creía desaparecido para siempre, habría pagado lo que fuera por aquel manuscrito, pero la arrogancia de Suzan se adelantó a mi ímpetu.

-Bien, dos míl pesetas?..mm un poco caro pero me parece justo, aunque sea por el tiempo que tardó en buscarlo.

Al salir entre risas y pasos cambiados me regaló aquella maravilla.

-Es mi regalo, tu sabrás mejor que nadie interpretar estas notas.

Mendelez era un psicólogo maldito y un millonario excéntrico que abocó su vida a la desgracia más absoluta, un tipo anodino que ocupaba un espacio modesto en un departamento de la más arcaica universidad que de la noche al dia pierde en Africa su pista y conspira contra gobiernos y la banca internacional, aboca la divisa a un caos y eleva los trabajos de psicología a la categoria plena de anécdota. Mendelez era tabú, nada que llevara aunque fuese de referencia su mano se podía mencionar. Personaje oscuro y excéntrico de teorias peregrinas. Cuando era estudiante oí bromear en tono de sorna a algunos catedráticos sobre él, aseguraba por ejemplo en un trabajo con todo tipo de detalles y explicaciones que las cosas tienen un alma, un principio inanimado que no solo es patrimonio de la vida animal.

Apenas una semana después de aquel hallazgo me presenté en casa de Suzan de madrugada, me abrió la puerta dormida, con los ojos pegados sobre los párpados y cara de extrañeza desde un amplio y ridículo pijama. Crucé la puerta con la mayor de la desfachatez del mundo y sin darle tiempo a reaccionar o contarle el motivo de mi visita la seguí hasta la cocina donde había ido a preparar café con unos pasos lentos y torpes con el murmullo de :

-Sea lo que sea supongo que es importante, prepararé café.

Ella confiaba en mí, habíamos compartido horas, dias, semanas de duro trabajo y estudios codo con codo en los meses mas calurosos y cuando la semidesnudez de los cuerpos podía habernos distraido de nuestro trabajo, pero lo cierto es que nunca ocurrió nada más entre nosotros que una ligera huida de Suzan cada vez que mis ojos se volvían extraños, pícaros, un poco más cerrados que de costumbre.

Esa noche para su sorpresa mi mano entró por su pijama sin apenas darle tiempo a reaccionar y en el mismo segundo tomado su sexo y apretado su cuerpo contra mí. Un segundo después, como si lo hubiera necesitado para asegurarse de que no dormía saltaba sobre mi abrazo para librarse de él, girar y plantearme un silencio de reproche y extrañeza.

-Que haces?.

-Tienes un cuerpo bonito, deseable, somos amigos...estaba en casa y casi iba a comenzar a masturbarme pensando en tu sexo. ¿Recuerdas la vez que abrí el baño cuando te cambiabas?.

Y pensé 'Mejor la tomo que imaginarla'.

-Te agradezco el arrebato de sinceridad, pero tanta honestidad me toca los ovarios a estas horas, si estuvieras borracho te podría disculpar...pero no entiendo nada de nada. ¿Por que no te vas de putas? Te presto el dinero si quieres.........

-Tu casa habla, crujen los techos, te avisa que está un poco enferma y que no debes de abusar

de los productos químicos.

-Eres un perfecto imbecil, estás loco, pareces drogado....no te conozco..........

De forma más que lógica Suzan seguía y seguía con sus duros reproches, simplemente escapé de la cocina y acercándome al pequeño piano de pared que tapaba torpemente la entrada de su sala comencé de forma repetitiva a tocar un grupo de escalas, procedían de las notas de Mendelez que estuve analizando. Repetía la misma escala, me detenía, daba las pautas y silencios convenidos mientras la acompañaba con algunas frases que hacían su trabajo incomprendido y más cercano a la magia que a toda ciencia conocida.

Suzan se acercó como ya esperaba y mirándome fijamente comenzó a desnudarse, realmente nunca me había deseado, para ella solo era yo un amigo, conocía su tipo de hombre y no era yo precisamente. Pero dudo que fuera dueña de su voluntad en aquel momento, tampoco de sus palabras, raras pero deseadas.

-Tómame, te deseo, eres el hombre más atractivo que conozco.

De manera rara y lásciva en ella se acomodó sobre la alfombra, abrió sus piernas de manera obscena y me invitó a tomarla como quien invita a tomar un aperitivo.

Como amigo conocía todas las limitaciones de Suzan, de educación estricta nunca podía permitirse el lujo de gozar sexualmente sin tabus o prejuicios, incluso rechazaba la sola idea de una fellatio con algun amor porque para ella implicaba un acto de machismo solapado y una especie de humillación. La escala de Mendelez fué fulminante........de manera más que grosera le ordené tomando mi pene excitado y duro 'chúpamela', obedeció y al poco tiempo eyaculé en su boca abundantemente.

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Aun con las piernas cansadas, sin fuerza, me senté ante el piano y seguía con la misma escala y el grupo de palabras extrañas. Aunque había sido el peor amante del mundo Suzan se abrazaba desnuda a mi espalda y se sucedía en la serie de orgasmos mas llamativos que en su vida hubiera tenido noticia. Pude contar diez, doce, trece convulsiones entre espasmos y lágrimas que me pedian por favor que parase, desde el cansancio mas piadoso y el desconocimiento más completo imploraba paz, descanso.

-No se, no lo se, no se que me esta pasando, no puedo más por favor, creo que puedo morir pero me encanta, me muero como una perra.

La dejé dormir un rato en el sofa, aunque toda expresión de compasión había desaparecido de mi cara y tenía y compartía con Mendelez la dureza de sentirme un semidios de manera excepcional con Suzan fuí piadoso. Solo dos horas después charlábamos sobre aquella alfombra mientras apurábamos café, yo terminaba mi explicación:

-Todas las pruebas son concluyentes, en tí misma acabas de sentir los efectos, sin restos de rabia pero tampoco amor, incluso si te lo pidiese de manera más que extraña accederias a ser mi amante de nuevo sin razon alguna. He probado con el empleado de banca con el mismo resultado, hace dos dias puso en mi cuenta una fortuna; vecinos, amigos, etc. Es increible.

-Te felicito, encontraste el mito, pero supongo que ya conoces la maldición. Terminarás como Mendelez, solo serás Dios por unas semanas. Semanas en las que tendrás capacidad sobre la vida y la muerte, la pobreza o la inmensa riqueza, gobernantes y naciones.....que has pensado?.....

Me levanté y de nuevo acaricié la misma escala de notas aisladas y un nuevo repertorio de frases, fueron dos semanas de vida, de cordura, de ser dios, pero las gasté en Suzan, encerrado en su apartamento, poseyéndola como un loco de todas las formas y maneras.

Los restos de comida como en un funeral de platos y trozos de queso o ensalada podrida se acumulaban en procesión por todos los rincones, vasos con resto de vino, de agua. Me apoyaba sin fuerzas sobre las paredes de la sala y Suzan se arrastraba en busca de mi pene, sin fuerzas pero lo conseguía, yo apretaba los dientes y de nuevo me dejaba llevar en su locura de lujuria, desde el suelo tragaba y tragaba mi pene como la tragasables del circo, con la actitud más lasciva que jamas tuvo o pudo imaginar. Chupaba y chupaba mi pene a todas horas, apenas descansaba minutos, abria sus piernas y cuando la rechazaba para recobrar fuerzas iba arrastrándose en busca de objetos por toda la casa para masturbarse.

Excesos de lujuria en los que agotamos todas las posibilidades imaginables y todos los excesos, bañados de vino, borrachos en las primeras noches, cuando de manera inutil como quien quiere y busca desesperadamente la última gota de agua en un pozo ella quería extraerme el último átomo de semen. Reuní unas pocas de fuerzas para levantar el piano, una de sus patas en madera de roble se ofrecía como un enorme y perfecto falo redondeado. Obedeció sin pestañear y entrando con su espalda en el hueco ofreció su culo perfecto y redondo a aquel falo amenazante, confió en mi más que hasta entonces nadie lo pudo haber hecho, sin fuerzas un solo gesto o aire de debilidad habria terminado con el piano entre el suelo y su ano cruel y desgarradoramente roto. Gozaba mientras la pata de madera entraba en ella con el peso fulminante, gozaba y gemia como una perra, gritaba que lo dejara caer. Al cabo del tiempo el último gesto de fuerza fué para levantarlo un poco y que ella girase sobre sí para escapar entre risas, entre gestos famélicos de aire torcido de su bestial miembro.

No había explicación humana ni lógica, pero el semen seguía fluyendo aunque fuese en pequeñas gotas, en pequeños orgasmos y eyaculaciones dolorosas que me llevaban a contenerlo y encojerme de hombros. Nos cruzánamos a rastras por el pasillo camino de la cocina en busca de algo que nos mantuviese, devorábamos frutas desde el suelo y de nuevo, sus pechos, un pezon había quedado junto a mi boca, lo mordía y en un abrazo eterno quedábamos enganchados en el coito perfecto. Ni siquiera la sangre que manaba de nuestras bocas, de nuestros bocados, de nuestros pechos nos detenía, un debil pero evidente hilo de sangre. A veces de la comisura de los labios, otras de los pezones.

Al término de las dos semanas apenas si pudo ella retener el grupo de enfermeros que me arrastraba con la vista perdida, blanca y pálida pareció despedir el último átomo de cordura invertido en ella. Por fin, sin fuerzas, sin la presión de aquella maldita magia me regaló sus manos que se perdieron en mi cuerpo por la puerta, abrazado a una camisa de fuerza. Con gesto agradecido y lágrimas de dolor mi ultima visión de su puerta fué verla quemar aquel maldito cuaderno, el reflejo de su pálido y ahito cuerpo parecía azul y marcado de venas sobre el rojo de las llamas. Un agente de policia la tapaba con la manta y apagaba el fuego sobre la alfombra. Pero sentí mi ultimo pensamiento de cordura, era un pensamiento de amor hacia el mundo, supongo que compartido con el mismo Mendelez, ambos sabíamos que el Do de pecho habría hecho explotar al mundo y todo rastro de vida conocida.